La agresividad canina no se diagnostica en el parque ni en internet

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La agresividad canina no se diagnostica, y mucho menos se interviene, con consejos de parque o internet. Permitidme que empiece así este post, porque es áltamente frecuente que cuando tenemos un problema de agresividad con nuestro perro, haya alguien que nos diga lo que tenemos que hacer: desde los que continúan con la trasnochada teoría de la dominancia y nos recomendarán demostrarle quién manda, y vendrán de la mano con collares de ahogo, eléctricos, alpha roll, tirones, y demás castigos y demostraciones de liderazgo, hasta los que nos dirán que tenemos que deshacernos de él.

Algunos mirarán en internet, e incluso alguno estará leyendo este post. Y san google, que de todo sabe, nada filtra. Y lo más probable es que te encuentres con vídeos efectistas implementando todo un elenco de técnicas aversivas que dan sensación de efectividad, más ficticia y dañina, que real. Lo mejor es ir a un etólogo y contarle el caso. Así que si estás leyendo esto,  agradezco el tiempo invertido, pero tras leerlo, si tu perro presenta un problema de agresividad, busca ayuda en la vida real.

Mi intención es hacerte ver por qué es preciso esto que te acabo de decir, explicando brevemente algo tan complejo como el tema que nos ocupa.

En torno a la “agresividad canina”, podríamos hablar de un problema de salud pública, de alarma social y por supuesto de un problema de bienestar, tanto del animal porque suele ser una causa importante de abandono e incluso eutanasia (y no hablemos de castigos desproporcionados de distinta índole), como de la propia persona que siente que no puede controlar la situación. Es una de las realidades que más deteriora el vínculo y por lo tanto, de las que más riesgo tienen de que haya un triste desenlace.

Para poder hacer un buen diagnóstico de la agresividad, hay que tener en cuenta distintos factores, y no sólo al perro: el que sufre la agresión, el propio perro y las circunstancias. A esto habrá que añadir otros elementos fundamentales como la impulsividad, la ambivalencia, el aprendizaje o la frustración, que condicionarán el diagnóstico final, una vez descartadas causas orgánicas que puedan estar de fondo o que generen por sí mismas una conducta agresiva. Nos referimos al dolor, que juega una papel fundamental en el miedo y la agresividad, y determinadas enfermedades intracraneales, endocrinas (fundamentalmente el hipotiroidismo), hepáticas, metabólicas, intoxicaciones o enfermedades infecciosas, y por supuesto el síndrome de descontrol episódico (“Episodic Rage syndrome”).

A esto hay que añadirle que los problemas de conducta rara vez son únicos, es decir, suelen presentar varias problemáticas al mismo tiempo. En este caso concomitar por ejemplo con  miedos o fobias;  y además, pueden ser el reflejo de problemas más globales, como por ejemplo los que se derivan de un destete prematuro.

Por ello es muy importante, antes de iniciar ningún trabajo con el perro, contactar con un equipo multidisciplinar, con presencia de etólogo, veterinario y educador canino.

Además habrá que realizar un análisis de riesgo. Esto incluirá tener en cuenta factores relacionados con el perro, con las personas y con el ambiente en el que vive.

Aunque no existe un cuestionario diseñado específicamente para esta función, el etólogo Jöel Dehasse (2002) propone una serie de factores a tener en cuenta para realizar un cálculo de la peligrosidad del perro, si éste ha mordido ya.

El diagnóstico nos hablará del tipo de agresividad concreta que tiene el perro, normalmente varios tipos, y nos permitirá diseñar el plan de trabajo.

En este diagnóstico podremos hablar de distintos tipos de agresividad, matizando más allá de si es  ofensiva, defensiva, predadora, intra o interespecífica.

Si tomamos como referente a Mertens, 2002, podríamos hablar, en el caso de que haya mordedura, de agresividad predadora, por juego, inducida por dolor, maternal, territorial, defensiva o por conflicto social.

Pero sin llegar a la mordida, podríamos clasificarla teniendo en cuenta aún más factores (Fatjó, 2006): irritable, competitiva, dominancia, relacionada con el alimento, posesiva, rage síndrome, protectiva, territorial, entre machos, entre hembras, intrasexual, intraespecífica, por miedo, por castigo, por dolor, maternal, idiopática, redirigida, instrumental, aprendida, por juego…

Es decir, hacer una buena intervención, requiere una buena evaluación etológica.

Tras ello, se establecerá el plan de trabajo, donde se habrá analizado la idoneidad o no de la castración (en caso de que no lo estuviera ya), del uso de terapias biológicas, y siempre, siempre un programa de modificación de conducta.

Este programa se basará en una primera fase que tendrá como objeto regenerar el vínculo, potenciar la capacidad de  control de la situación por parte del dueño, desarrollar autocontrol en el perro y proporcionarle conductas alternativas adecuadas. Para esto se trabajarán:

  • Ejercicios de obediencia
  • Identificación y evitación de situaciones que desencadenan la conducta
  • Evitar el castigo, porque no es eficaz, porque intensifica la agresividad, porque aumenta el riesgo de ser mordido y potenciar el aprendizaje de la agresividad por parte del perro como técnica eficaz.
  • Evitar el refuerzo de la conducta agresiva
  • Aumentar la actividad física y el enriquecimiento ambiental.

En una segunda fase, y dependiendo del tipo de agresividad que el perro presente y de todos los factores que hemos mencionado ya a tener en cuenta, se desarrollarán, guiados por un educador canino que trabaje en positivo y supervisado por el etólogo, ejercicios más específicos que incluirán la desensibilización sistemática y el contracondicionamiento, así como otras herramientas como bozales, correas, vallas separadoras… según sea el caso.

Así que si tienes en casa un problema de agresividad trátalo con la seriedad que requiere.  Una buena intervención a tiempo puede solucionar muchas cosas. No siempre será posible erradicar la conducta por completo, pero sí proporcionar elementos que faciliten la convivencia, regeneren el vínculo y permitan a perro y persona, controlar mejor las situaciones que puedan desencadenar los momentos agresivos.

 

 

 

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Acerca de Ruah

Psicóloga, psicoterapeuta, máster en etología y bienestar del animal de compañía
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